Cavilaciones

«Aprender del trabajo de Memoria colectivo» de Goya Wilson

“Aprendiendo del trabajo de memoria colectivo” es el título del libro de Goya Wilson publicado en 2025. Un libro que da cuenta de un largo trabajo de recopilación de los testimonios del colectivo HIJXS de Perú que comenzó en 2007 en Cuba. El texto nos permite acercarnos al entramado de historias construidas colectivamente en el seno de HIJXS, donde contar y escucharse ha sido tanto una estrategia de denuncia como una forma de reconstrucción subjetiva y política. En ese sentido, es un intento de producir contra-relatos sobre la guerra interna peruana, cuestionar las dicotomías simplificadoras entre víctimas y culpables, y abrir, desde la memoria, la posibilidad de imaginar otros futuros posibles.

Las líneas que siguen fueron inicialmente preparadas para la presentación del libro en París en enero 2026. Esta fue la oportunidad de compartir lo que yo sentí a lo largo del proceso colectivo de memoria y testimonio que dio lugar al libro que lo acompaña. También me permitió compartir reflexiones sobre los aportes del libro y su pertinencia en el contexto peruano y mundial.

El libro

El libro es el resultado de una larga investigación doctoral realizada por Goya. Como ella misma lo dice: “el objetivo de la investigación no fue analizar las memorias en sí, sino explorar las posibilidades y complejidades del hacer trabajo de memoria colaborativo en un contexto tan cargado. Entendemos los testimonios no como un reflejo puro del pasado, sino como campos de batalla de la memoria (como dice la argentina Elizabeth Jelin), espacios donde se disputan identidades, silencios y significados, así como otras formas de vivir y hacer comunidad. Para navegar esta complejidad, el libro propone una estructura en tres ‘movimientos’ metodológicos inspirados en un enfoque de ‘ciclos de indagación’.”

El primero movimiento, La memoria de tradición realista, se enfoca en el testimonio inicial, que fueron grabados en Cuba cuando nos conocimos, y hablan de las experiencias directas de violencia estatal vividas desde la infancia. El segundo La memoria política re-visita esas memorias varios años después, ya en Perú, explorando las condiciones que las producen y silencian. Aquí trabajamos cómo opera el estigma, cómo los silencios cambian con el tiempo –siendo a veces protectores, desafiantes, o paralizantes. Y el tercero, La poética de la memoria, donde  se ‘problematiza’ el testimonio, reconociendo que, si bien el testimonio rompe silencios, puede crear nuevos límites sobre lo decible, volverse un mecanismo disciplinante.

Mi experiencia

Me gusta afirmar desde donde hablo cada vez que participo en un conversatorio.

Me llamo Rafael Salgado Olivera, hijo de Rafael Salgado Castilla, militante del MRTA, que fue arbitrariamente detenido, torturado y asesinado por miembros de la policía peruana en abril de 1993. Este acontecimiento abrió en mi vida un largo periodo de violencias y silencios. A partir de entonces, crecí bajo el estigma de ser un «hijo de terrorista», lo que hacía peligrosa la palabra y aún más la denuncia. En ese contexto, muy a menudo, callar parecía ser la única manera de protegerse.

En ese largo proceso marcado por el silencio, el trabajo de la Comisión de la Verdad y Reconciliación constituyó una primera ruptura importante. Las audiencias públicas, los testimonios y la posibilidad de escucharnos entre peruanas y peruanos fueron, para mí, uno de los aportes más poderosos de la CVR. Sin embargo, este ejercicio no continuó con la misma fuerza y volvió a quedar relegado a pequeños espacios, en voz baja. Aun así, algo comenzó allí.

Ese primer quiebre abrió el camino a otros momentos igualmente fundamentales. Uno de ellos fue mi encuentro con otros hijos e hijas de antiguos militantes del MRTA. Por primera vez, conocí a personas con historias similares a la mía con quienes podía hablar libremente. De manera paralela, también comencé las visitas a los compañeros de mi padre en prisión. Estos espacios, generalmente cargados de connotaciones negativas, fueron para nosotros, paradójicamente, espacios de libertad, donde ya no teníamos que negociar nuestra identidad ni lo que queríamos decir, tal como se describe en el libro de Goya.

A partir de esas experiencias, el proceso más estructurado de dar testimonio comenzó en 2007. Yo acababa de llegar a Cuba para estudiar, y en ese contexto nos lanzamos a lo que, para nosotros, era un acto de testimonio, y para Goya, el registro de nuestras historias de vida. Más allá de los debates teóricos, para muchos de nosotros —y en particular para mí— lo esencial era contar. Contar significaba aportar la prueba de que mi padre había sido torturado y asesinado a causa de su compromiso político, y de que ello constituía una grave violación de los derechos humanos que había provocado un profundo dolor en mi familia.

Tal vez por esa centralidad que tenían los hechos y la necesidad de afirmarlos, durante mucho tiempo me costó comprender la idea de una poética de la memoria. Pensar la memoria como ficción siempre despertó en mí una fuerte resistencia, porque temía que ello abriera la puerta a la negación de los hechos, a la idea de que todo habría sido inventado. Con el tiempo, comprendí —al menos racionalmente— que no se trata de negar los hechos, sino de reflexionar sobre la manera en que interpretamos el pasado desde el presente y sobre los caminos que eso abre para nuestras vidas. Sin embargo, en el plano emocional, ese miedo permanece, y considero importante decirlo.

En Cuba, además de estudiar, fundamos en 2005 HIJXS de Perú. Goya ya ha explicado quiénes componen este grupo, por lo que aquí solo quisiera compartir brevemente qué hacíamos. Nuestro trabajo se articuló en torno a dos ejes principales. Por un lado, la denuncia de las violaciones de los derechos humanos cometidas contra nuestros familiares. Por otro, la investigación orientada a conocer quiénes eran esas personas, no solo como víctimas, sino también como sujetos políticos: qué las motivaba, qué buscaban, cuáles habían sido sus logros y también sus errores. En gran medida, nos preparábamos para el regreso, para responder a la famosa pregunta que inevitablemente aparecía: ¿tu padre era un terrorista?

Con ese objetivo regresé al Perú en 2012, con la intención de sumarme a las luchas por la verdad y la justicia. Durante años, intenté articularme con el movimiento peruano de derechos humanos y continuar el proceso judicial por el asesinato de mi padre. No obstante, el terruqueo —es decir, el hecho de calificar de terrorista a toda persona que cuestiona la realidad neoliberal peruana— constituye un obstáculo mayor. Algunos sectores del propio movimiento de derechos humanos aún se preguntan si trabajar con nosotros implica trabajar con terroristas. En el plano judicial, también enfrenté muchas dificultades para encontrar apoyo jurídico. A pesar de ello, puedo decir con orgullo que este año presentaré una comunicación ante el Comité contra la Tortura de la ONU, lo que me permite cerrar una larga etapa de mi vida: treinta años después del crimen y veinte años después de haber asumido esta lucha.

En este recorrido, resulta significativo señalar que, durante mucho tiempo, aunque sabíamos que las prisiones, el exilio, las desapariciones y los asesinatos también nos habían afectado directamente, no nos sentíamos víctimas. ¿Hoy nos sentimos así? Cada quien tiene su propia respuesta. En mi caso, el uso de esta categoría funciona como una estrategia para denunciar las incoherencias del proceso peruano de transición a la democracia y de la justicia transicional.

Volviendo a 2012, ese año no solo regresé yo al Perú, sino que Goya también. En ese contexto, el proceso de investigación fue fundamental para reencontrarnos como colectivo después del retorno, en una etapa especialmente dura marcada por la precariedad, la búsqueda de empleo y las responsabilidades familiares. Muchas de nuestras reuniones, realizadas en el marco de la investigación, fueron también espacios para seguir hablando colectivamente, no solo del pasado, sino del presente, de las decisiones que tomábamos y de las tensiones que esas decisiones generaban.

En el plano personal, este proceso vivido en Lima entre 2012 y 2013 me permitió reelaborar mi historia en el Perú. Implicó aceptar que lo que digo públicamente está siempre atravesado por negociaciones con el contexto, y que ello no supone necesariamente una incoherencia ni una capitulación. Implicó también aceptar las dificultades que impone el terruqueo para que historias como las nuestras sean tomadas en cuenta dentro de las luchas del movimiento de derechos humanos.

A pesar de todo lo que hemos logrado en los veinte años de existencia de HIJXS de Perú, sigo sintiendo que nuestras historias tienen poco espacio en el ámbito público. Continúo preguntándome si solo hay lugar para ciertas memorias: las de las víctimas consideradas inocentes o los relatos centrados en Sendero Luminoso y las fuerzas armadas. ¿Y las nuestras? Estas preguntas, junto con la persistente impunidad en el caso de mi padre, me llevaron a escribir. Y, sin haberlo premeditado, lo hice fuera del Perú, ya que en 2017 volví a migrar, esta vez hacia Europa, lo que me permitió contar con un contexto “tranquilo” para escribir y todo lo que ello implica.

En ese sentido, resulta imposible disociar mi proceso de escritura del proceso del libro que presentamos hoy. Todo ello, tomado en su conjunto, ha sido para mí un recorrido profundamente significativo. Contar me llevó a asumir lo que viví y lo que eso produjo en mí. Contar abrió un espacio para crear y para imaginar otros caminos, aquellos que realmente quería emprender y no solo los que se esperaba de mí. Por eso puedo afirmar que contar —en solitario y colectivamente— y escucharnos puede permitirnos, como sociedad, acercarnos e imaginar juntos otros futuros posibles, a partir de nuevas lecturas y de nuevas preguntas sobre nuestro pasado reciente.

Con el tiempo, después de varios años de narrar mi historia, comencé a sentir la violencia de testimoniar de la que Goya habla en el libro. Llegué a un momento en el que me mostraba como alguien que había vivido diversas violencias en su infancia, pero que había logrado superarlo todo: una persona resiliente, exitosa, feliz. Esto no es completamente falso, pero tengo la sensación de haber llegado a un punto en el que actuaba en modo «todo va bien». Hoy empiezo a preguntarme por qué continuar con esa actuación y cómo construir un discurso que pueda dar cuenta de la complejidad de nuestras vidas sin exponernos en exceso ni someternos al escrutinio público.

Este proceso, iniciado hace casi veinte años, me ha mostrado que mi voz se fortalece en lo colectivo. Ese es, para mí, uno de los aportes fundamentales del libro: no se trata de voces aisladas, sino de voces que, juntas, dan cuenta de una realidad que se intenta estigmatizar, silenciar y ocultar. Son siete voces que remiten a un proceso mucho más amplio, en el que se han recogido decenas de historias. Se trata de un proceso abierto, que continúa hoy a través de otros proyectos de recopilación de historias orales y de archivos, a los que hemos llamado sub-versiones. Nuestras historias se refuerzan mutuamente, limitando la posibilidad de invalidar lo que hemos vivido y sentido, y fortaleciendo nuestra capacidad, tanto individual como colectiva, para enfrentar la realidad tan nefasta que vivimos hoy.

Desde esta perspectiva, considero que el libro aporta contrarrelatos sobre la guerra interna peruana. Reivindica un lugar para voces que no se inscriben ni en las memorias oficiales, ni en la de la CVR, ni en la de la llamada pacificación. Al mismo tiempo, cuestiona el terruqueo, las dicotomías entre víctimas inocentes y culpables, y la idea de que la guerra solo habría enfrentado a dos bandos.

Finalmente, es importante situar este trabajo en el contexto actual. Hoy, en el Perú, se repiten —como en los años noventa— estrategias destinadas a asegurar la continuidad del modelo neoliberal: autoritarismo, represión, impunidad y criminalización. El año 2025 ha sido particularmente nefasto para las luchas por la verdad y la justicia, con leyes de amnistía e impunidad, la prescripción de crímenes, la reducción de los presupuestos destinados a la búsqueda de personas desaparecidas y la persistencia del terruqueo. Casos como Perseo, la desaparición del cuerpo de Miguel Rincón, muerto en prisión, o la reapertura del caso Las Gardenias para prolongar el encarcelamiento de Víctor Polay muestran que la persecución de los antiguos subversivos continúa para sostener la idea de un terrorismo siempre presente. Frente a ello, resulta esencial afrontar esta situación y debilitar el terruqueo, que en el Perú, como en otros lugares, sirve para justificar la represión y la impunidad.

Espero que este libro contribuya a seguir creando espacios para contar, escuchar y dialogar, pero sobre todo para construir. Contar y escucharnos debe servir para romper las barreras que nos dividen e imaginar otros futuros posibles. La fuerza de este trabajo no reside únicamente en la forma del testimonio, sino en lo que puede generar como proceso colectivo, en el encuentro entre memorias distintas de nuestra historia reciente.

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