En abril hubiera cumplido 2 años de haber salido de la cárcel de Chorrillos. El 17 de abril del 2020 se cumplirán 27 años desde que la capturaron junto a #RafaelSalgado mi padre. Lxs torturaron. A mi padre por unas horas para llevarlo muerto al hospital. A ella la torturaron varias semanas. La violaron varias veces, varias personas también. Todo eso consta en la sentencia que la #CIDH, la Corte interamericana de Derechos Humanos, dictó hace unos años, y donde también se ordenaba al Estado peruano a que la indemnice por todo lo que le habían hecho.
No tengo recuerdos de Gladys cuando era niño. Aunque la primera vez que la visité en el penal de Chorrillos ella me diría que se acordaba mucho de mí. Debe haber sido el año 2004 o quizás el 2005. Recuerdo mi angustia antes de verla, no por la cárcel en sí, ya había visitado a los compañeros de mi papá en otros penales. Esta vez conocería a la última persona que vio con vida a mi papá. Sabía además que habían compartido muchas cosas y tenía muchas ganas de saber a través de ella más de mi papá. Pero no se pudo, no pudo, no pudimos. Hablamos largas horas sobre las torturas, sobre lo que les habían hecho. Me dijo incluso que obligaban a mi padre a ver lo que le hacían a ella para que él hablara. Gladys sobrevivió a la tortura, para pasar 25 años presa. Pasó por varios penales, incluso Yanamayo, a más de 4,000 msnm. Terminó su carcelería en el Penal de Chorrillos, en Lima, donde la conocí.
Ese primer encuentro me marcó mucho, tanto que durante años no pude volver a visitarla. Mi mente formó imágenes con todo lo que ella me había contado. Mucho me recriminé por no volver a visitarla. Cuando logré visitarla nuevamente siempre intentaba contarle de mí, de mi vida, de mis proyectos y sueños. No importa los temas que iniciaran la conversación, siempre terminamos hablando de mi padre, de ella, de las torturas.
Las otras cosas que sé de Gladys las sé por sus compañerxs. Poco a poco las van contando. La vida de Gladys, su historia, hace parte de ese conjunto de historias que hoy no se pueden conocer ni contar completamente. Y aunque la rabia me inunde, aunque la pena y el dolor de su partida me impulse a llorar a ratos, siento el deber de seguir alzando la voz por ella también. Para que de alguna forma todo lo que le hicieron no quede impune. Para que afirmemos sin ninguna duda que todas sus dolencias se agravaron por las torturas que sufrió hace casi 27 años. Para que se afirme que murió a causa de las torturas.
Gladys murió y todo lo que le hicieron: las torturas, las violaciones sexuales, las carcelerías inhumanas y una vida imposible de vivir cuando salió de la cárcel, sigue impune.
Yo sigo, a pesar de que siempre absuelven a los implicados, intentando denunciar la tortura y asesinato de mi padre. Lo haré hasta encontrar algo de justicia. Por él, por mí, por mi familia, ¡por Gladys!