Un día antes de la presentación del libro Revolución en los Andes de Víctor Polay Campos, la Cámara Peruana del Libro canceló el evento programado en la Feria del Libro de Lima. Dos días después, la Fiscalía Penal especializada en delitos de terrorismo ha abierto una investigación preliminar a la editorial por apología al terrorismo. Si hubo amagos, al principio, entre algunos analistas, de matizar o justificar la primera decisión de la Cámara, el posterior allanamiento del stand por parte de la DIRCOTE y el escandaloso parte de citación policial ha dejado claro que la evidente censura ha devenido en una persecución judicial contra la editorial.
Con estas medidas se intenta silenciar las voces que no encajan en las narrativas oficiales sobre lo ocurrido en el Perú durante las décadas de 1980 y 1990, incluida la del propio autor, pero también a las voces que hoy se oponen al autoritarismo del gobierno.
El libro
Revolución en los Andes fue publicado originalmente en 2013, fuera del Perú. Y este año la editorial Achawata decidió valientemente publicarlo en su serie dedicada a testimonios. El libro es un balance personal de Polay sobre el papel del MRTA y de su propio liderazgo en la guerra interna que asoló el Perú entre 1980 y el 2000. Como el mismo Polay afirma en el prólogo:
“….porque no me corro y asumo sin cortapisas el pasivo y activo de lo que fue mi organización, también soy consciente de la exigencia de la reconciliación de todos, en particular de los que fuimos protagonistas del conflicto armado interno que enfrentó a peruanos de uno y otro lado…yo siempre he asumido todas mis responsabilidades y he ofrecido mis condolencias y perdón a los que sufrieron o tuvieron pérdidas irreparables por el accionar del MRTA.”
En esta edición, pueden encontrar también comentarios de la escritora Gabriela Wiener, quien afirma que “sus memorias no son las de un héroe pero tampoco las de un villano. Son un descargo, un mea culpa, un balance, un testamento político ya muy lejos de la lucha armada”.
También palabras del politólogo Antonio Zapata en la contratapa, quien considera que el punto de vista del exlíder del MRTA “es indispensable para completar los testimonios de la tremenda guerra interna que atravesó el Perú”. Y se incluye, además, un extracto de una carta que el exguerrillero y expresidente de Uruguay, Pepe Mujica, le escribió a Polay para solidarizarse con él por la eterna carcelería que atravesaba, en ese momento de 23 años. En ella le escribió: “Allí quedan las armas, porque nunca fueron un fin. Habrá que entender que la paz es un medio y un fin a la vez, y se construye y cuida multiplicando la justicia para sustentarla con bienes públicos. […] Ten mi compañerismo y en ti, hacia todos aquellos que ataron su juventud a la esperanza por una América Latina mejor”.
¿Censura aceptable?
En el comunicado oficial de la Cámara Peruana del Libro, así como en varios comentarios difundidos en redes sociales, se han esgrimido argumentos para justificar la cancelación del evento. Con los terruqueadores ya contábamos; pero hay quienes se arrogan el ser la reserva moral y ética del país para decir ––incluso en nombre de las víctimas––, qué diálogo es mejor que otro, qué tipo de presentación debería hacerse en la FIL en casos como estos, con lo que sólo consiguen pasar por agua tibia la censura y contribuir a mantener la idea de que existe aún terrorismo en el Perú.
Quisiera detenerme en aquellas voces que aluden a una supuesta falta de asunción de responsabilidades por parte de los exmilitantes, a la exigencia de un pedido de perdón y al lugar de las víctimas en este debate. Estos señalamientos me interpelan de forma directa, ya que soy hijo de un miembro del MRTA que fue torturado y asesinado por la policía peruana. Vivo escuchando voces que me dicen que mi padre merecía ser torturado y morir así por terrorista.
La censura al libro Revolución en los Andes y al trabajo de la Editorial Achawata, revela, una vez más, que en el Perú de hoy no todas las personas gozan de derechos humanos, ni todas las voces pueden hablar libremente sobre lo ocurrido durante los años 80 y 90. Hay discursos que se permiten y otros que se silencian activamente. Basta un ejemplo: el año pasado, en esta misma feria, se presentaron las memorias de Alberto Fujimori, dictador del Perú y condenado por crímenes de lesa humanidad. Nunca pidió perdón ni expresó arrepentimiento por los actos por los que fue juzgado y sentenciado. Sin embargo, su presencia no fue cuestionada.
¿No pidieron perdón?
En distintos países del mundo, existen antecedentes importantes de grupos armados que han hecho balances críticos de sus acciones dentro del marco de algo llamado violencia política ––y que en el Perú se dice con la boca pequeña––, asumido responsabilidades y pedido perdón públicamente a sus víctimas como parte de los procesos y acuerdos de paz: ETA en España, IRA en Irlanda del Norte, URNG en Guatemala. Algo que no se ha mencionado oportunistamente en esta coyuntura, es que además de aceptarse las disculpas de esos grupos que abandonaron las armas, los exguerrilleros fueron reincorporados a la vida política de sus países.
En todos estos procesos, se ha buscado tender puentes, abrir espacios de diálogo y asumir conversaciones incómodas pero necesarias, para que las víctimas se sientan, en alguna medida, acompañadas, reconocidas y reparadas. Pero también han sido vías para sumar a los ex insurgentes a la vida política en democracia y paz, para avanzar hacia otro tipo de sociedad. Eso no pasa en el Perú, ni se puede hablar de ello sin ser señalado. Algunos exintegrantes del MRTA han realizado también gestos públicos en esa dirección, buscando aportar a una lectura más compleja y honesta del conflicto armado interno. Pero hasta hoy lo único que han recibido es censura, criminalización y estigmatización.
Me parece importante recordar —para algunos— y quizás informar —para la mayoría— que en el año 2017, un grupo de exmilitantes del MRTA, entre ellos Víctor Polay, organizó un evento público y abierto al que podía asistir cualquier persona. Su objetivo era leer una “Declaración pública por la solidaridad, la paz, la justicia y la democracia”. En el comunicado difundido expresaban con claridad:
“Nuestra solidaridad con todas las víctimas. Nos hemos reunido los del MRTA, sumándonos al respeto irrestricto a los derechos humanos, manifestando nuestras condolencias y respeto a los familiares por la irreparable pérdida de sus seres queridos. […] Como una manera de contribuir al fortalecimiento de la democracia en nuestra patria, condenamos tajantemente el uso de la violencia armada como método de lucha política, reconociendo que el MRTA no debió optar por ese camino. Fue una decisión equivocada y nos hacemos responsables de ella. Hoy, con humildad, reconocemos nuestros errores.”
Ese evento, en el que se asumirían públicamente y de forma contundente responsabilidades políticas y éticas, y en el que se expresó un perdón enfático a las víctimas, no se pudo dar. Fue censurado e intervenido. Pero no era la primera vez que lo intentaban. Durante las audiencias de la Comisión de la Verdad y Reconciliación, varios exintegrantes del MRTA que pudieron testificar también asumieron su responsabilidad y ofrecieron disculpas a las víctimas.
Los archivos de la Comisión de la Verdad y Reconciliación están disponibles para su lectura pública; las grabaciones completas pueden consultarse en la página web del Lugar de la Memoria (LUM) y en plataformas como YouTube. Sin embargo, el gobierno actual amenaza con cerrar este archivo imprescindible para la memoria colectiva de nuestra historia reciente. Ahí, por ejemplo, pueden encontrar la declaración de Víctor Polay en la que también pide perdón a las víctimas (min 8.32 aprox).
Así mismo, otra exmilitante, Lucero Cumpa, escribió una carta en 2017 donde reflexiona sobre lo sucedido en el caso “Las Gardenias”. Esta carta intentó presentarse a organizaciones de DDHH y a parte de la comunidad LGTBIQA+ peruanas, pero no fue aceptada. Estaban en su derecho, pero entonces ¿cómo propiciar mejor ese encuentro, ese diálogo? Sin duda no con la censura, no en el clima asfixiante de terruqueo que vivimos hace décadas.
Enlisto todos estos intentos porque muchos de los comentarios y artículos vertidos en estos días hablan de la necesidad de que los exmilitantes del MRTA asuman sus actos y pidan perdón por primera vez. YA LO HICIERON. VARIAS VECES.
Además, en el Perú, para los grupos de poder político, económico y militar, no solo nada basta ni es suficiente, sino que negar el perdón y los procesos de memoria colectiva es parte de una estrategia sistemática para mantener viva la imagen del terrorismo y así justificar sus medidas represivas, la censura y el terruqueo de los grupos opositores. Así justifican la actual persecución judicial que han iniciado contra la editorial Achawata.
Perseguir, judicializar
Otro tema crucial sobrevuela el de la censura y creo que es igual de urgente si queremos refundar la democracia en el Perú. Desde hace años los presos por terrorismo que cumplieron sus larguísimas condenas por delitos dentro de los años del conflicto interno, en condiciones durísimas, vienen sufriendo un hostigamiento judicial por parte del gobierno peruano y de los medios de prensa y opinadores en general, operarios políticos de esos mismos grupos de poder.
El objetivo es mantenerlos eternamente en prisión, o devolverlos a prisión si accedieron a su libertad al cumplir sus penas. Son los “enemigos eternos”. Para ello reabren juicios ya juzgados que permiten nuevas extensiones de su privación de libertad; impulsan nuevas investigaciones que justifican prisiones preventivas. Todo ello pasa flagrantemente por encima de los derechos. La censura, persecusión de personas en libertad, su ostracismo, aislamiento y rechazo social, el impedimento de participar activamente en política, son parte de la misma operación.
En unos meses, Polay habrá cumplido 35 años de carcelería y debería ser puesto en libertad por ser su derecho. Para impedirlo, se ha reabierto el caso de “Las Gardenias”, que es cosa juzgada dentro del conocido como megajuicio a la dirigencia del MRTA, que incluyó todas las acciones, incluso las que ocurrieron mientras los líderes ya estaban presos; nunca se logró formalizar el proceso, especialmente porque no fue una política institucionalizada en la organización.
Quizás por eso, y para poder lograr eternizar la carcelería de Polay abrieron otro nuevo juicio, esta vez por apología del terrorismo por este mismo libro, Revolución en los Andes. De esta manera, se prepara un escenario adverso para lograr una vez más negarle garantías a un hombre en situación de carcelería extrema que ya ha cumplido condena con creces. Esto no ha ocurrido ni con los crímenes cometidos por Fujimori, que murió en libertad, y muchos menos con miembros de las Fuerzas Armadas, quienes siempre impiden toda investigación y esclarecimiento de la verdad, y que hoy, nuevamente acaban de ser amnistiados, esta vez por Boluarte.
Dicho escenario no se restringe a quienes se levantaron en armas hace ya décadas. El aparato represor sigue perfectamente engrasado y la editorial Achawata es solo una de sus nuevas víctimas.
Quien habla
Conozco esta historia de cerca porque es mi historia, marcada por la guerra interna. A mi padre se le ha sindicado como miembro de las fuerzas especiales del MRTA y parte de los equipos que realizaban los secuestros. Nada de esto se juzgó ni tuvo un juicio ni una condena y, sin embargo, fue detenido arbitrariamente, torturado y asesinado en las oficinas de la División contra Secuestros, en la avenida España, por miembros de la Policía del Perú el 17 de abril de 1993, durante la dictadura de Alberto Fujimori, una de las más corruptas y sanguinarias de nuestra historia.
Crecer con el estigma y el terruqueo, impide el encuentro y diálogo con otras experiencias, otras memorias. Quizás por eso, y luego del informe final de la CVR, los hijos e hijas de quienes fueron miembros del MRTA nos fuimos reencontrando y, en el 2005, decidimos formar la asociación Hijxs de Perú. Fue una necesidad, pues no encontrábamos espacios donde pudiéramos compartir nuestras ideas sin ser estigmatizados por ser “hijxs de terroristas”. Desde el inicio, nuestra práctica política se orientó a luchar contra toda impunidad, denunciando las violaciones a los DDHH de nuestros familiares.
En ese caminar siempre hemos tenido la voluntad de acercarnos a las organizaciones de DDHH, colectivos de disidencias sexuales y a todos los espacios que fueron atravesados, como nosotros, por las violencia de la guerra. Hemos promovido encuentros con la Coordinadora Contra la Impunidad, hemos intentado participar en las conmemoraciones contra los crímenes de odio, hemos realizado eventos públicos como el Festival Nuestro Nosotrxs. Todo ello da cuenta de nuestros más de 20 años de lucha, así como diversos artículos académicos realizados por y sobre nosotrxs, las exposiciones artísticas y los documentales realizados por integrantes del colectivo.
El terruqueo, ya vienen por ti
El terruqueo ––la acusación de ser terrorista o tener nexos con quienes lo serían––, se usa como herramienta para silenciar, simbólica o materialmente, las voces críticas. En ese sentido, no se censura este libro y a su autor, no se acusa de apología al terrorismo a la editorial, para preservar valores democráticos o éticos, se hace para impedirnos a los peruanos transitar hacia otra etapa.
Por eso, ante nuestras narices, se persigue a universitarios que defienden la autonomía de su universidad, se reprime violentamente y se ficha a jóvenes que participan en las marchas, se judicializa a los dirigentes campesinos que llegan de regiones a luchar contra Dina, se censura a artistas que se manifiestan contra la dictadura, por opinar, por pintar, por cantar, por hacer la crítica al discurso oficial. A todos, en mayor o menor medida, se les acusó o se insinuó que eran terroristas.
La censura no sólo impide el acceso a nuevas lecturas sobre nuestra historia reciente, sino que obstaculiza la posibilidad de hacernos cargo colectivamente de lo vivido. Nos impide reconocer que la violencia de ayer y la de hoy están profundamente conectadas. El Perú arrastra una historia de violencia estructural, pero aún somos incapaces de asumirla social y críticamente. Hoy no se persigue sólo a personas que fueron del MRTA o Sendero Luminoso.
Cualquiera puede ser perseguido con el objetivo de silenciar, deslegitimar y castigar sus cuestionamientos al sistema que sostiene la desigualdad, la exclusión y la represión. Lo estamos viendo con el operativo contra la editorial Achawata. Quiero decir que si ahora lo pasas por agua tibia quién sabe si mañana vengan por ti.
La portada del libro de Polay, que agotó ediciones gracias a esta torpe censura, incluye unas potentes gráficas interiores realizadas por uno de nuestros compañeros de Hijxs del Perú, Isaac Ernesto, hijo de dirigentes del MRTA. En el pequeño texto que acompaña el libro, Isaac dice que sus dibujos se han hecho también con las manos de nuestros fantasmas. Seguimos pues, presentando libros, entre fantasmas, hasta que volvamos a encarnarnos.
El artículo fue originalmente publicado en la Revista El Salmón
Las imágenes que ven a continuación están en el libro «Revolución en los Andes» y son del artista Isaac Ernesto Ruiz Velázco hijo de dirigentes del MRTA.